Walter Cronkite, el periodista norteamericano que falleció en Nueva York a los 92 años, terminaba el telediario con la misma frase. "Y así son las cosas". Y su público, millones de ciudadanos que cada tarde, a las seis y media, se congregaban ante el televisor para saber qué ocurría en su país y en el mundo, le creía.
A los norteamericanos más jóvenes, Cronkite les dirá poco. Para sus padres y abuelos fue un referente, la figura pública en la que más confiaban, según un sondeo de 1973, el "tío Walter", casi un miembro de la familia, en una época en la que en Estados Unidos sólo había tres canales, la televisión por cable no existía, internet era una utopía, y loque decía el presentador iba a misa.
Cronkite, con el equipo periodístico de la cadena CBS y otros pioneros como Ed Murrow, inventó el periodismo televisivo, que tenía como fundamento la objetividad de las informaciones y la autoridad del periodista ante la cámara. Hasta entonces, la televisión era un medio de entretenimiento. Con él, presentador y director del primer informativo de media hora en 1963, la televisión se convirtió en la principal fuente de información.
Él fue el primer anchorman, literalmente el hombre ancla, el término que se utiliza en Estados Unidos para designar al presentador de los telediarios. Era el ancla que, desde el estudio, daba paso a los corresponsales en el terreno. Pero también el ancla con la realidad, "la voz de la certidumbre en un mundo incierto", en palabras de Barack Obama. En la memoria de los norteamericanos, Cronkite, nacido en Missouri y forjado como reportero de la agencia UPI en la Segunda Guerra Mundial y como corresponsal en Moscú, fue el narrador-jefe de la historia reciente de Estados Unidos.
Anunció, emocionado y en mangas de camisa, el asesinato de John Kennedy y celebró la llegada del hombre de la luna. Siempre se jactó de ceñirse a los hechos y menospreció la opinión, pero el cénit de su carrera está asociado al que quizá sea el editorial más influyente del periodismo moderno. Sucedió en 1968, en lo peor de la guerra de Vietnam. Cronkite fue un periodista del establishment y había tendido a creerse la versión gubernamental. Hasta que viajó a Vietnam y constató que aquello era una carnicería y que la victoria era imposible. Al regresar a Estados Unidos, y rompiendo su aversión a editorializar, sentenció, al término de un reportaje sobre Vietnam, que "decir que estamos más cerca de la victoria es creerse, pese a las pruebas, a los optimistas que en el pasado se han equivocado", y abogó por una salida negociada.
Cronkite no era un revolucionario ni un agitador, sino lo contrario: el rostro de las clases medias y blancas. Después de ver el programa, el presidente Lyndon Johnson dijo: "Si he perdido a Cronkite, he perdido a la América media". Así fue. Unos días después, Johnson anunciaba que no se presentaría a la reeleción.Yel apoyo popular a la guerra cayó. La CBS le jubiló, a su pesar, en 1981. Tenía 64 años. Otra generación de hombres ancla –más guapos, más agresivos– le relevó. Todos se midieron con Cronkite, el anchorman por excelencia. Pero ya nada fue lo mismo. La autoridad del medio y del presentador –y el monopolio que ejercía sobre la información– había empezado a resquebrajarse.


