Era el consorte de la hija de una leyenda: Maria Dolors Boadas. Pero es evidente que la presencia, el ingenio, la creatividad y la iniciativa de Josep Luis Maruenda, fallecido tras una denodada lucha contra el cáncer, resultaron decisivos para que la histórica Coctelería Boadas de Barcelona haya seguido manteniendo durante 77 años su condición de catedral que iba mucho más allá del simple bar de copas.
Su esquela en La Vanguardia
Ubicado en la calle Tallers, esquina con la Rambla, el Boadas Cocktail Bar fue fundado el 24 de octubre del año 1933 por Miquel Boadas Parera. Un hijo de emigrantes catalanes nacido en La Habana y que con el tiempo ejerció de barman en el legendario Floridita habanero. Luego, a los 31 años, regresó a Catalunya, concretamente a la localidad de Lloret de Mar, para conocer el lugar de donde procedían sus padres, y decidió afincarse en Barcelona.
En 1967, a la muerte de su famoso progenitor, Maria Dolors Boadas, con el vigor que siempre la ha caracterizado, se puso al frente de la ya famosa coctelería y no es extraño que a su futuro marido, Josep Luis (que era su primer apellido) Maruenda, le conociera desde la barra. Pero ambos, Maria Dolors y Josep, en la vida y la profesión, acabaron por situarse en el mismo lado de la barra, o sea, detrás de ella, cuando contrajeron matrimonio en el año 1962. Como no podía ser de otro modo, se fueron de viaje de novios a Madrid, donde, para agasajarles, les aguardaba un célebre maestro y amigo: el gran Perico Chicote.
Antiguo viajante de comercio, Josep Luis Maruenda cambió de oficio por amor; el mismo amor que ponía cuando preparaba sus famosos cócteles. A pesar de todo, lo más importante no estaba en las copas que servía a diario, sino en sus dotes de gran conversador, de persona culta dominada siempre por la curiosidad de saber más. En efecto: no servía copas, sino sentimientos, amistad. Entraba y salía del Boadas Cocktail Bar al lado de su inseparable Maria Dolors, pero había un paréntesis, un lujo del que muchos hemos podido disfrutar.
Hacia las siete de la tarde abría las puertas del Caribbean Club, un pequeño recinto, adornado con utensilios navieros y situado en una esquina de la misma calle Tallers, a pocos metros del bar Boadas.
Maruenda desgranaba allí su copiosa carga de recuerdos y personajes, entre los que, lógicamente, destacaba el gran Antonio Machín, a quien hace ya 45 años, en nuestros inicios periodísticos, pudimos entrevistar gracias a los buenos oficios de aquel amigo que utilizaba el disfraz de barman para relacionarse con los demás, ser su interlocutor y a veces hasta su confesor.
Era un amigo y un maestro, un personaje tan singular, apasionante y apasionado como Maria Dolors Boadas, su compañera en la vida y en una profesión que consistía en amar a los demás, a los amigos que son mucho más que clientes.


